Celebramos la memoria de los Mártires del siglo XX en España

La sangre de los mártires es semilla de nuevos cristianos. El Seminario Conciliar san Fulgencio fue bendecido, en los momentos más crueles de la persecución religiosa del siglo pasado, con el testimonio y la fidelidad de sacerdotes y seminaristas que rubricaron su llamada vocacional y ministerio con el derramamiento de la sangre por fidelidad a Dios y amor al don del sacerdocio ministerial al que habían sido llamados.

Es un día para agradecer al Señor y pedir la intercesión de los santos mártires para que nos concedan santas y abundantes vocaciones, fortalezcan la fidelidad de aquellos que han sido llamados y aliente en las pruebas a los que viven cualquier tipo de persecución por responder a la voluntad del Señor.

Compartimos la carta de despedida a su familia del Beato Fortunato Miguel Arias Sánchez sacerdote fulgentino y formador de este seminario que murió por Cristo en Hellín el 12 de septiembre de 1936. En ella percibimos la grandeza de un hombre de Dios y un corazón sacerdotal.

Carta de despedida a su familia del Beato Fortunato Miguel Arias Sánchez

Hellín 26 de agosto de 1936

Queridos hermanos: Las cosas han cambiado notablemente desde mi última carta y hoy sospecho con sobrada razón que me quedan pocas horas de vida.

Perdono a todos los que sean o hayan de ser los causantes o cómplices de mi muerte. Perdonadlos vosotros también como nos manda la fe cristiana que profesamos. Que Dios acepte nuestros sacrificios y nuestra vida para que todos se conviertan y vivan. No recuerdo haber dado ocasión a que se me persiga, y me satisface pensar que la causa única de todo es mi carácter sacerdotal.

Morir así es un verdadero y glorioso martirio. ¿Qué mejor muerte podía yo imaginar? No tengáis pena ninguna por mí, encomendadme a Dios y quiera El que nos juntemos en el cielo, bendiciendo allí los caminos secretos de su misericordia. Que seáis siempre buenos cristianos y que procuréis que lo sean también vuestros hijos y toda vuestra casa.

Si en alguno de los pequeños vierais aptitudes para ser sacerdote, haced lo posible porque lo sea. No sé si después de mi muerte quedará algo de lo que ahora tengo en casa. Por si acaso, os advierto que el cáliz de plata dorada que conservo aquí, es el que me regalaste tú, Félix, cuando canté Misa, con tus pequeños ahorros de soldado en Canarias. ¡Cuánto me alegraría que pudiera utilizarlo alguno de tus hijos! El otro cáliz plateado que debe estar ahí, es el que entonces me regaló la tía Teófila. Con este como con todas las cosas, haced lo que mejor os parezca.

Aquí dejo encargado al sacristán, Francisco Millán, para que disponga de todo, según las instrucciones que particularmente le tengo dadas. Os mandará todas mis ropas menos las sotanas y manteos. Los libros que sirvan para el Seminario, y todo lo demás para él, en recuerdo de las atenciones que ha tenido conmigo, y que yo no le podré nunca pagar.

No sé si moriré aquí, pero sea donde fuere, vosotros no tenéis que venir aquí para nada. Ya os escribirán y dirán lo que haya. En este momento se me vienen a la memoria muchos nombres de personas de la familia y amistades, a quienes de buena gana les escribiría, asegurándoles mi afecto y eterno recuerdo en estas horas de despedida. No cito a nadie por no incurrir en omisiones odiosas, por muy larga que fuera la lista. Un último abrazo a mi buenísimo compañero Jaime, y muchos besos a todos los demás pequeños.

Adiós; que el Señor os conceda salud y paz y toda clase de bendiciones, y que seáis siempre muy devotos de la Santísima Virgen, y que cuando pidáis por nuestros buenos padres, pidáis también por mí.

Fortunato.

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Seminario San Fulgencio de Murcia | Diócesis de Cartagena

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